Con el paso de los años no sé ni por los colegios que pase, durante los años que estuve en la Laboral de Córdoba. Si se que empecé en San Rafael, que estuve en el Gran Capitán y termine en San Alberto. Pero me queda la duda de si estuve o no en el colegio Juan de Mena. Para Miguel Ángel Hernández “Otto”, pasamos de San Rafael al Gran Capitán, dejando al medio al Juan de Mena.Sea como fuera, si recuerdo que en el Gran Capitán vimos cumplido nuestro deseo de salir a desfilar, la mitad de las filas por cada lado de la piscina central, ante cada festividad en la que todos los colegios formaban en el patio central. Siempre era el último colegio en salir y, se nos iban los ojos de envidia hasta que llegaban a su lugar. El escuchar su himno era otro motivo más de envidia.
En algún lugar de esta página creo que he vuelto a ver la letra del himno del colegio Gran Capitán y, aunque hay algunas estrofas en las que no recuerdo su música, el volver a tararearlo ha sido una alegre sensación. Aquello de: “Siempre el primero en el triunfo, mi colegio Gran Capitán”, no se olvida nunca.

El Padre Roces
El estar en el colegio Gran Capitán creo que era algo distinto de los otros colegios. La veteranía se palpaba, ante cada comienzo de curso. Ya no éramos unos niños y así nos trataban los “curas” que con nosotros estaban, encabezados por el Padre Roces. Tristemente no recuerdo al resto de dominicos a excepción del Padre Casañas y creo que el hermano Peñamil.
Pero aunque nos sintiéramos veteranos había algo en lo que no habíamos progresado mucho: el saber comer. Yo creo que el Padre Roces, como todos los curas que compartían la comida con nosotros, era consciente de nuestras deficiencias en la mesa. Y un día nos comunicaron que nos darían clases para aprender a comer y que el profesor sería el mismo Padre Roces.
“En la mesa y en el juego se conoce al caballero”, fue la primera frase con la que justificó aquellas clases. Y para los chavales como yo, que veníamos de comer todos en la misma cazuela, aquellas clases fueron todo un descubrimiento. El aprender a utilizar los cubiertos, sentarse, limpiarse la boca antes y después de beber, utilizar un poco de pan con cada cucharada y hasta el pelar las naranjas con el cuchillo y el tenedor, fueron algunas de las cosas que aprendimos en aquellas clases.

La importancia de la Laboral en nuestras vidas.
Más allá de los estudios que realizamos cada uno de nosotros, en la Universidad Laboral recibimos unos conocimientos que, por lo menos a mí, me fueron muy útiles en mis relaciones con los demás. El formarnos como personas fue algo que, con el paso de los años, valoramos de una manera más profunda. Sé, porque lo vi, que a varios compañeros les repartieron los curas dominicos, algunas “hostias” y esos recuerdos nunca son agradables.
A mí no me tocó “recibirlas” pero me sorprendía que padres, como el Padre Casañas o el hermano Pedro, pegaran a compañeros de clase. Viéndolo, en la distancia, aquellos castigos estaban fuera de lugar. ¿Qué podíamos hacer nosotros que fuera merecedor de aquellas tortas?

Vamos a quedarnos con lo bueno, que es mucho y, especialmente la cantidad de amigos y compañeros que tuvimos la suerte de conocer y, a todos los dominicos que se volcaron en nuestra educación y formación, como el Padre Roces (q.e.p.d.), Padre Zabalza, Padre Cirilo, etc.