Javier Narbaiza en su libro titulado “El día en que volvimos a la Universidad Laboral”, explica lo que aquella beca llevaba implícita. Dice así: “Es preciso advertir sobre el alcance y significado del contenido que entonces tenía el término “beca”. En su coste se integraban los siguientes factores: 1) Enseñanza. 2) Alimentación. 3) Viajes desde la residencia habitual a la Universidad y viceversa. 4) Material escolar. 5) Matrícula. 6) Material de aseo. 7) Libros de texto. 8) Calefacción y alumbrado. 9) Utilización de laboratorios, talleres, material para prácticas, instalaciones y equipos deportivos. 10) Lavada y entretenimiento de ropas. 11) Correspondencia de alumnos con sus familias. 12) Servicio médico-farmacéutico. 13) Certificaciones y títulos académicos. 14) Vestuario.
Desarrollando, a título ejemplificativo, este último concepto, se facilitaban a los alumnos internos, hasta los años setenta, en que se suprimiría dicho capítulo, las siguientes prendas: dos pijamas; un traje de diario (compuesto de chaqueta o cazadora, jersey y dos pantalones); unas botas; unos zapatos de vestir; dos monos de trabajo; un albornoz (se asignaba a esta prenda una duración de tres años) y un equipo de gimnasia ( compuesto de camiseta, pantalón de deportes, chándal y zapatillas deportivas”.

Todo esto era lo que, a partir del día 6 de octubre de 1964, iba a disfrutar con la beca que me habían dado. Pero creo que la mayoría no fuimos conscientes de todo lo que aquella beca ponía en nuestras manos. Es por eso que hoy, casi 50 años después de mí ingreso en la Universidad Laboral de Córdoba, quiero recordar lo que algunos de aquellos factores que componían “mi beca”, influyeron en mi vida.
Material Escolar y Enseñanza: Fue descubrir un mundo, hasta esa fecha desconocido. De estar estudiando con las enciclopedias Álvarez, de Primero, Segundo o Tercer Grado, a tener un libro por cada asignatura. ¡Con cuánta alegría y expectación los recibimos! ¡Cómo pasábamos sus páginas al recibirlos en nuestras manos, parándonos ante algún dibujo o fotografía! Y después, el ritual de poner nuestro nombre y apellidos en varias hojas salteadas, para identificarlos como nuestros por si alguno se “perdía”. Todo lo que recibí era como un tesoro para mí, disfrutando con el material de dibujo y las plumillas para rotulación. ¡Qué pena no guardar todos aquellos recuerdos!
Pero aquellos libros y materiales llevaban unidos lo más grande que, para mí, tuve en la Laboral: Los compañeros de colegio que muchos se convirtieron en amigos, los padres dominicos y los profesores. Todos ellos fueron claves en la Enseñanza que íbamos a recibir. A los curas Dominicos los conocimos, incluso antes de llegar, ya que en la estación del tren nos esperaba un “cura con una capa negra” al que debíamos dirigirnos. De su mano, en el autobús rojo que llevaba el rótulo “Universidad Laboral”, llegamos al centro para tomar posesión de nuestra “beca”.
El papel que los dominicos tuvieron en nuestra enseñanza, creo que fue fundamental. ¿Por qué les recordamos con tanto afecto y cariño a pesar de sufrir, en algún momento, sus brotes de violencia con los que acompañaban a nuestra educación? Creo que, en el fondo, guardamos hacía ellos unos sentimientos de gratitud. Aquella convivencia forzada por la beca se convirtió, con el tiempo, en una relación de amistad y respeto. Hoy, la gran mayoría de nosotros, tendría tema para escribir un libro, contando su relación con los dominicos y lo que influyeron en su vida. Aquí no tenemos tanto espacio y, en recuerdo y homenaje a todos ellos, me atrevo a poner como ejemplo a “nuestro” padre: José Luís Zabalza.
Y quienes también participaron de manera muy activa en nuestra enseñanza fueron los profesores que la beca puso a nuestra total disposición. Recuerdo como, detrás de cada libro que recibíamos, cada año, había un profesor que, con curiosidad y un poco de expectación, lo esperábamos ver aparecer por el aula y, sin más, ponerle el apodo correspondiente. Tampoco es mi deseo nombrar a todos, la verdad es que no me acuerdo de muchos nombres, pero si quiero recordar su profesionalidad, su dedicación y, por encima de todo, el interés que mostraban para que no suspendiéramos su asignatura. ¿A quién recuerdo en este artículo? ¿A los profesores de Tecnología, Matemáticas, Religión, Dibujo, Física y Química, Lengua…? ¿A los profesores de los talleres? Todos me traen recuerdos inolvidables y todos forman parte de mi vida, deseando personalizar esos recuerdos en un profesor de química: José Luís García Pantaleón.

Y asumiendo el riesgo de no poder desarrollar más que otro factor de aquella, mí beca, no puedo dejar pasar la oportunidad de dirigirme a los que, estando junto a mí, formaron parte de aquella enseñanza: los compañeros de los colegios y aulas por las que pase. Si el importe económico de la beca era algo prohibido para mi familia, el conocer a tantos compañeros, muchos de los cuales se convirtieron en amigos, no se puede cuantificar, ni en pesetas ni en euros. ¿Cómo se puede pagar el conocer a un compañero, saludarnos y, con el paso de los días salir a pasear por los jardines, hablar de mil cosas, ir a Córdoba el domingo o contarnos los pequeños secretos que la familia nos ponían en nuestras cartas? ¿Entenderán ahora los compañeros que tengo la suerte de poder saludar que me emocione como un niño? ¿Entenderán que fueron parte de mis aprobados y que, desde entonces, forman parte de mi vida? ¡Qué pena el haberles perdido la pista durante tantos años!
Viajes desde la residencia habitual a la Universidad y viceversa. Más que decir viajes me quedo con el primer viaje a la Laboral. Con aquella maleta de cartón, “maternalmente” colocada y con aquellos bocadillos “para el camino” hechos con algo más que amor. La despedida, la noche anterior, de los tíos y tías, primos, vecinos y amigos y, la despedida más fuerte, el adiós de mi Madre en la estación del tren. Desde la ventanilla, mientras el tren avanzaba, vi como sus ojos se llenaban de lágrimas. Unas lágrimas que evidenciaban nuestra separación, pero que eran una consecuencia que nos imponía mi beca. ¡Jamás olvidaré aquellos momentos!
Vestuario. De entre toda la relación de prendas que Javier Narbaiza indica en su libro, no he descubierto a la rebeca con el cuero por la parte delantera que tanto nos identificaba. Yo, como muchos de mis compañeros, me hice una foto el domingo que la estrené en la Laboral, en el patio central, para mandársela a mis padres. Allí estaba yo, “más chulo que un ocho” disfrutando de la ropa de mi beca y con alegría se la enviaba a casa. Sé que mis padres se sentían orgullosos de mí. De mantener la beca durante siete años y de los títulos que me entregaron. Hoy, cuando ya no están con nosotros, yo me quedo con la foto en la que, un domingo mí padre, llevando puesta la rebeca con el cuero que yo estrené un día en la Laboral, pasea por las calles del pueblo, junto a mi hermano mayor. Compartimos mí beca. Fue “nuestra” beca. La beca de la familia.
El resto de factores que componían aquella inolvidable beca que me tocó, quedan para otro artículo y compartirlo con todos los compañeros y amigos que la beca puso en mi camino.